·
¿Qué es ésto? Resulta
que ahora parezco una embarazada - protesté.
Aquella
imagen se debía a que los músculos que otrora eran firmes y mantenían mi
abdomen duro, ahora debido a la lesión sufrida se habían tornado flácidos. El
cuerpo que veía parecía no pertenecerme, no lo reconocía. Mi respiración era
agitada. El cielo parecía estar pintado de un color intenso. Mi incomodidad era
indescriptible, me parecía que en cualquier momento dejaría de respirar. Me
puse como loca, empecé a gritar que quería volver a la posición horizontal.
Enseguida me devolvieron a la postura original. Hasta el día de hoy, no sé si
me desmayé o si caí en un sueño profundo luego que me acosté. En ese estado que
no puedo definir, me introduje en lo que parecía ser el infierno. La oscuridad
lo invadía todo. Una voz me dijo que lo único que había hecho mal en mi vida
fue haber terminado mi relación con José y que tendría que pedirle disculpas.
Al volver de esa situación de delirio, nítidamente recordaba lo que me había
sido dicho. Nunca le pedí las disculpas a José.
Me
encontraba hastiada de las visitas de los médicos. Cansada de que no me
comunicaran nada nuevo. Aburrida de no advertir ningún progreso en mi estado de
inmovilidad. El tiempo transcurría y yo me volvía más agresiva conmigo misma y
con quien tratara de ayudarme. Mi comportamiento no contribuía en nada a mi
recuperación.
El doctor
responsable de mi cirugía estaba visitándome una tarde cuando un hombre alto,
de gafas, vestido de traje, ingresó en la habitación. Entre ellos mediaron un
diálogo en inglés, lo cual me hizo pensar que se trataba de un médico más. El
desconocido comenzó a acercarse a mi cama y provocó mi reacción.
·
¡Que se vaya! Yo no
quiero que me molesten más - grité.
·
Tranquilizate, Dieva -
me pedían mis padres.
El señor
llegó a mi lado y comenzó a hablarme con un acento diferente al nuestro. Se
trataba de un pastor evangelista de procedencia estadounidense. Al descartarse
la hipótesis de que era un doctor, lo dejé seguir su alocución. Había llegado
hasta mí debido a que Elizabeth, la nurse de quien ya les conté, le comentó mi
caso y él se interesó en conocerme. Algo en él me inspiraba tranquilidad,
confianza. Me comentó la historia de una chica norteamericana que, había sufrido
un accidente igual al mío. Joni, tal era el nombre de mi colega accidental,
dibujaba tomando el lápiz con su boca.
·
Yo también puedo
sostener un lápiz con la boca - me apuré a decir como si aquella acción fuera a
contribuir milagrosamente a mi recuperación.
·
¿Puede? Que buenou -
dijo el pastor.
Luego
continuó hablándome y antes de despedirse me prometió que volvería a visitarme.
Así conocimos al pastor Stanley Holland.
Yo seguía
sumergida en mi mundo de amargura y no había qué o quién pudiera sacarme a
flote. A quienes venían a verme ni les prestaba atención. A Flavio lo obviaba
casi por completo. Sólo me imaginaba todo lo que podría estar perdiéndome de
vivir, de disfrutar. Lloraba, me desesperaba, me auto compadecía, me
desmoronaba.
Durante
un episodio de rabieta, mis padres trataban de calmarme, pero como sus palabras
eran inservibles, fueron a buscar apoyo. Enseguida, vino una joven enfermera e
intentó que yo tomara un tranquilizante. No hubo caso. Ella no pudo tener mejor
idea que introducir un dedo en mi boca para hacerme ingerir la píldora. Como
una fiera amenazada me ensañé con su dedo. Le hinqué mis dientes a más no
poder. Cuando creí saciada mi necesidad de agresión, aflojé mis maxilares y le
permití retirar su dedo ensangrentado. Luego sentí una paz que hacía tiempo no
experimentaba. La fiera quedó mansa por un rato. A Margarita, la enfermera,
tuvieron que suturarle la herida que le provoqué.
Otra
anécdota de salvajismo se dio cuando un médico vino a verme. Hablé durante un
rato con él y luego procedió a tomar mi temperatura.
·
Podés colocar el
termómetro en mi boca si querés - le sugerí.
·
No, porque podés
morderlo - argumentó.
·
No lo voy a morder -
le aseguré.
·
¿Estás segura? -
preguntó.
·
Si, quedate tranquilo
- dije.
El buen
señor colocó el tubo de vidrio en mi boca. Se imaginarán mi respuesta. Si,
exactamente esa, con toda mi impotencia acumulada mordí el termómetro y lo
quebré. Inmediatamente sentí los trozos de vidrio en mi boca. Los allí
presentes se apresuraron a socorrerme y sacaron el vidrio de mis fauces. No
sufrí ni un rasguño. Todo seguía igual.
A los
pocos días, volví al sanatorio que me correspondía, retorné al Casmu No. 2. La
habitación que me esperaba tenía un aspecto lúgubre. Una hermosa orquídea
aguardaba en un rincón. Yo pensé que algún otro paciente la habría dejado
olvidada. Pero no, resultó ser un presente para mí enviado por el pastor
Holland. Un lindo gesto.
Mi
hermana se tuvo que convertir en nómade. Los primeros días, en los que mis
padres faltaron de casa, Indara vivió con mi tío Héctor. Luego, volvió a
nuestro barrio y pasó a casa de unos amigos, Ivonne y Juan, que tenían dos
hijas, una de nueve y la otra de once años. Además de sufrir por lo que me
había pasado, debe de haber padecido un abandono terrible.
Yo no me
encontré con Indara hasta pasadas como dos semanas después del fatídico 14 de
enero. Me dio mucha alegría volver a verla. Esa satisfacción me llenó
internamente y en mi rostro se garabateó una sonrisa. Eso ya era demasiado, no
regalaba mis sonrisas por esos días. Mi hermana me observaba entre contenta y
extrañada. Claro, yo ya no era la misma Dieva que la abandonara en San Luis. No
aparecían las características de la chica fuerte que abandonara mi cuerpo días
atrás, tampoco le mostré a mi hermana la acidez que me caracterizaba para con
ella. Muy por el contrario, la traté con mucha dulzura y hasta me dieron ganas
de abrazarla. Después de que Indara se fue, mi ternura se fue con ella y la
rabia junto con la angustia volvieron a tomar mi ser.
Con
frecuencia y durante los cortos lapsos que alcanzaba a dormitar, soñaba que
caminaba y a ello me aferraba para despertar luego y desmoronarme ante mi
estado incambiado de inmovilidad casi total. Tampoco me ilusionaba demasiado,
ya que sentía mi cuerpo tan pesado y adormecido que, volver a mantenerme en pie
y, más aún, dar un paso me parecía una misión imposible de llevarse a cabo.
Los
ejercicios de fisioterapia continuaba realizándolos, con la ayuda de
profesionales, de mañana y de tarde. Mis padres también me daban una mano,
mejor dicho las dos, para ejercitar mis músculos que, en su mayoría parecían
estar dopados. En una de las sesiones me tocó volver a sentarme al borde de mi
lecho. No tenía muchas ganas, dada mi anterior experiencia con esta práctica,
pero no me quedaba otra opción que volver a intentarlo. Al incorporar mi torso,
volví a marearme pero no me atacó la desesperación del otro día. Pude mirar mis
piernas y me agradó el tono tostado brilloso que resaltaba al estar ellas
libres de vellos. Mi cama estaba junto a la ventana y desde allí se veía, a
través del mallado, la calle Agustín Abreu y los edificios que enfrentaban al
sanatorio. Durante el tiempo que permanecí sentada alcancé a escuchar una
conversación callejera que mantenían un niño con su madre. Dicha charla versaba
sobre un refresco que la mamá le había comprado al chico, se me hace que era
una "Fanta". Al escucharlos, me dieron ganas de ser el nene y así
poder disfrutar del verano que me había sido parcialmente hurtado. Supliqué
para que me ayudaran a recostar.
Flavio
continuaba visitándome casi a diario. Su ternura para conmigo parecía no tener
fin. Yo lo miraba y no entendía cómo no se aburría de estar a mi lado sin que
yo no hablara casi con él. Me dolían como puñales incrustados en mi carne, el ver
sus ojos que denotaban la tristeza que sentía al verme como estaba. Ante sus
ojos pasé de estar enamorada de la vida a encontrarme cuestionando por qué no
me moría. Recuerdo una noche en la que yo me encontraba decúbito lateral
derecho y él estaba sentado a mi lado acariciando mi cabello.
·
Que lanas que tenés,
bebé, me encantan - dijo haciendo referencia a mi pelo.
Yo no
pude más que esbozar una sonrisa forzada. Adoraba sus palabras pero no me
sentía merecedora de ellas. Él decía amarme y yo me aborrecía a mi misma.
·
Quiero dormir y a
veces no puedo - le comenté.
·
Tenés que dejarte caer
en los brazos de Morfeo - me aconsejó.
·
Si, pero es muy
difícil, ¿cómo hago? - le pregunté para que me socorriera.
·
Cerrá los ojos y no
pienses en nada, dejate llevar - me dijo.
Traté de
seguir el consejo pero Morfeo me rechazaba o yo no me dejaba caer en su abrazo.
Flavio se despidió y mi vigilia seguía en pie.
El pastor
Holland volvió a visitarme con su esposa. La mayoría de sus palabras versaban
sobre Dios y me hacía bien escucharlo. En un momento, me invitó a cerrar los
ojos para orar junto con ellos. Así lo hice y una paz invadió mi interior,
deseé que la oración no terminara. Pero sí, tuvo un fin. Comenzaban a agradarme
esas visitas. El pastor Holland se estaba ganando un lugar en mi corazón.
Los días
seguían su curso, el verano avanzaba y yo deseaba poder seguirle el paso. La
habitación que me había tocado en suerte era sombría. Las paredes pintadas de
un celeste poco alentador, la luminosidad no abundaba. La batalla contra el
tedio era difícil de enfrentar. Los crucigramas y las sopas de letras eran
algunas de las armas con las que el fastidioso encerramiento se abatía. Mamá se
sentaba a mi lado y me sostenía las revistas de manera tal que yo pudiera
leerlas. Recuerdo que mi pensamiento era: ¿Por qué no habré disfrutado más de
estos momentos junto a mi madre? Tenía temor de morirme y haber descubierto
demasiado tarde cuanto ella me quería.
Hola Dieva lo estoy leyendo de a poco ,soy la madre de Néstor Leite , mi hijo me pasó el enlace de tu libro .....me conmovió la parte que pusiste porque no pudiste disfrutar más momentos así con tu madre y que tenías miedo darte cuenta tarde cuanto te queria, yo trataba en todo momento de que Néstor sintiera mi amor por el incluso estando en cti, leerte me hace revivir cosas que viví como madre pero también me ayuda para entender un poco más el lugar de ustedes
ResponderEliminarQue hermosa devolución! Muchas gracias! Estoy a las órdenes. Un abrazo afectuoso.
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