7/1/16

CAPÍTULO II. FLAVIO.

Flavio
Flavio era mi novio en aquel momento, en enero del '90. La primera vez que nos vimos fue varios años atrás, cuando yo tenía doce y el diecisiete. Flavio era primo de Tania, una amiga mía. Ella me había comentado de la existencia de un primo que, a su entender, estaba físicamente muy bien.
Tania
Al comenzar el año lectivo de mi primera temporada de liceo, no conocía a nadie ni en mi clase ni en toda la institución. La reglamentación decía que, un chico al culminar su ciclo de enseñanza primaria y deseara comenzar la secundaria en un instituto público, debía proponer a las autoridades de enseñanza secundaria tres posibles liceos de entre los cuales, ellos asignarían uno al alumno para que continuara su formación. Alejandra y yo escogimos las mismas tres instituciones el 10, el 19 y el 31, con la ilusión de que nos asignaran el mismo instituto. Pero no nos salió bien la jugada. Ale al 31 y yo al 19. La decisión nos disgustó a ambas.
El primer día de clase me sentí más perdida que turista sin mapa. Con el pasar de los días, me fui haciendo de conocidos en la clase y las clases me encantaban. Estudiaba hasta por demás. Adoré mis épocas de liceo.
De lunes a sábados, desde de las 12:15 hasta las 15:45 horas, me divertía en el liceo. Al sonar el timbre, que anunciaba la salida, me dirigía a la parada del 112. Durante una tarde plomiza de abril, al encontrarme esperando mi transporte, se me dio por prestar atención a los chicos que también abordarían el ómnibus. Entre ellos, se hallaban dos chicas. Una de ellas era sumamente alta, la otra no muy alta y más bien gordita. Se suscitó un diálogo entre ellas. Yo afiné mi oído, para así lograr escuchar su conversación. No recuerdo sobre qué estaban discutiendo. En un momento la discusión me exasperó y decidí intervenir para rescatar a la gordita de la pesada situación en la que se veía enroscada.
·         Me parece que estás equivocada - le dije a la chica alta.
·         ¿Viste? Yo te dije - dijo la gordita.
De ahí en adelante seguí hablando con ellas y la discusión finiquitó. Conocí sus nombres. Tania, la gorda y Ana, la flaca. De pronto comenzó a lloviznar.
·         Ay, no me puedo mojar, estoy enferma - dijo Tania.
·         ¿Estás resfriada? - pregunté.
·         No, estoy menstruando - respondió.
Su respuesta provocó mi risa, ya que yo no consideraba la menstruación como una patología, por el contrario para mí era algo natural. Es más, durante los días en que me tocaba menstruar seguía con mi vida normalmente. Me bañaba, me mojaba con la lluvia, practicaba gimnasia.
Así comenzó mi amistad con Tania.
Una tarde de 1987, a unas horas de mi regreso del liceo, tocaron a mi puerta. Al abrir, mi vista se topó inesperadamente con Tania y sus primos, Karen y Flavio. Los invité a pasar. Cuando entraron, me di cuenta que el primo no estaba nada mal; nada mal quiere decir que alcanzó a ponerme nerviosa, me gustó. Hablamos alguna que otra pavada, se despidieron y se fueron. Flavio me pareció atractivo, pero ahí quedó la cosa. Se me ocurrió que él no iba a fijarse en una chiquita de doce años.
En julio del año 1989, fue el cumpleaños de quince de Tania. Allí fue donde la vida de Flavio volvió a cruzarse con la mía y viceversa. Observándolo de lejos, me encantó su aspecto. Esperé y deseé toda la noche que me invitara a bailar. No me invitó. Me fui un rato antes de que el cumpleaños finalizara, sintiéndome totalmente decepcionada por lo que no había pasado. Arrastré mi autoestima (de que tamaña estupidez dependía mi autoestima por aquellos tiempos, pero supongo que, no era nada muy diferente de lo que a muchos adolescentes les ocurría).
Una tarde de diciembre del mismo año, año electoral éste, en la plaza de la Democracia se realizaba un acto del Frente Amplio. Para allí nos dirigimos con mi madre y mi hermana. Al llegar, nos topamos con un gentío impresionante, banderas rojas, azules y blancas, entre otras, flameaban por donde se mirara. Entre aquella heterogénea multitud, un rostro se me hizo familiar. Era Flavio. Me acerqué y lo saludé. Intercambiamos un par de palabras y nos despedimos. Yo ya había emprendido la retirada cuando, un llamado me alertó.
¡Hey! ¿No pensabas saludarme? - dijo la voz masculina.
Me di vuelta para pasar la vergüenza del siglo. Sentí arder mi cara al descubrir que, el dueño de la voz era Agustín, el hermano de Tania, a quien yo conocía muchísimo más que a Flavio pero, para mí, había pasado totalmente desapercibido. Flavio produjo un eclipse que no me permitió reconocer a nadie más que a él. De todos modos, volví al lugar donde se encontraba el chico "eclipse" para saludar a Agustín y tratar, imposiblemente, de justificar la omisión de mi saludo hacia él. Saludé a Agustín y luego volví a reunirme con mi madre y mi hermana.
En mi próximo encuentro con Tania, le conté de mi cruce fortuito con su primo y eso la alentó para sugerirme insistentemente que lo llamara por teléfono. Al principio me negué, cuando en realidad tenía unas ganas bárbaras de ceder ante la sugerencia. Finalmente, con total agrado de mi parte, levanté el tubo del teléfono y disqué el número que Tania me proporcionó. La voz al otro lado me gustó, era la voz de él.
·         Hola. ¿Quién habla? - pregunté.
·         Flavio - respondió.
·         No sé si te vas a acordar de mí, la última vez que nos vimos fue en un acto del Frente - jugué para ver si me sacaba.
·         ¡Dieva! - acertó él.
·         Si. ¿Cómo estás? - le pregunté.
 Conversamos un poco más y me resultó agradable, creo que lo mismo sintió él. Le dije que tenía que colgar, debido a que me esperaban en una reunión en casa de unos vecinos. Él me preguntó a qué hora volvía para mi casa y quedamos en que a esa hora me llamaba. Al regresar a casa, esperé ansiosamente su llamada y, tal cual convenimos, llamó. En esta segunda vuelta, comenzamos a interiorizarnos un poco más el uno en la vida del otro.
·         ¿Seguís con tu novio, el del Mercedes? - me preguntó.
·         ¿Y vos cómo sabés de eso? - salió la pregunta a su pregunta.
·         Me contó Tania - dijo.
·         Pero sabés que es un Passat, no un Mercedes - le aclaré.
Yo incursioné en el área de sus relaciones y averigüé que ya no seguía con aquella novia que Tania me había descrito como una chica estrafalaria, cosa que seguramente era cierta a medias o a tres cuartos quizá. Le conté que tenía un nuevo compañero de experiencias adolescentes: José. Continuamos hablando sin ningún esfuerzo, las preguntas, respuestas, comentarios y afirmaciones fluían de nuestras bocas cómodamente, como si nos conociéramos desde mucho tiempo atrás. Yo creo que tertuliamos por más de una hora. Antes de cortar, acordamos vernos algún día en la casa de su prima.
Cierto día de diciembre, no me acuerdo cómo fue que se dio, nos encontramos con Flavio en el edificio de Tania y Gabriel, este último un amigo nuestro que más adelante se convertiría en un gran amigo mío. Los cuatro barajamos opiniones referentes a temas del momento, también salpicamos la conversación con toques de tonterías histriónicas y alguna otra cosita. Esto ayudó para que Flavio y yo nos conociéramos un poquito más y quisiéramos volver a vernos, para más conocernos. Así concretamos una nueva cita.
Durante el tiempo que transcurrió, previo a nuestro próximo encuentro, creo que hablamos varias veces por teléfono y cada vez nos sentíamos mejor. Si algo podía quedar claro era que, necesitábamos volver a vernos. Mientras tanto, mi relación con José iba perdiendo atractivo debido a mi encandilamiento con Flavio. Otro eclipse que, solamente me permitía ver los defectos de José sin notar sus enormes virtudes. Lo que teníamos en común con Flavio era bien diferente de lo que me unía a José. Mi atracción hacia Flavio aumentaba con el pasaje de los días, de las horas, de los minutos.
El día de ver a Flavio llegó. Me bañé, me vestí, me peiné copadísima y salí de casa sin avisar a nadie, razón por la cual más tarde tendría una discusión con mi madre. Con él me encontré. Caminamos un rato y escudriñamos un poco más el uno en la vida del otro. Nos pusimos al tanto de que él era hincha de Nacional y yo del (para mí y en aquel momento) glorioso Peñarol. Me imaginé con él en una tribuna del Estadio Centenario viendo un clásico. ¡Qué lindo! Él se enteró de que a mí me gustaba dibujar y me agrandé contándole que, las tarjetas que yo hacía tenían una onda del "Mercado de los Artesanos". Y nos reímos cuando yo le manifesté "… no sé que voy a hacer en las vacaciones, estoy sujeta a lo que haga mi madre". La risa fue causada por el término "sujeta" que, nos pareció demasiado formal para la ocasión. En fin, fue un encuentro redondo para los dos, es más, creo que los dos sabíamos la que se nos venía.
Seguimos con nuestros encuentros telefónicos que duraban casi una hora, en alguno de ellos los dos manifestamos que, pasara lo que pasara, nos veríamos de nuevo y se nos escapó un "te quiero". El agrado era enormemente mutuo.
El 24 de diciembre de aquel 1989 (año del cual recuerdo casi cada detalle), después de cenar con mi familia, fui a casa de Tania, donde me encontré con José, Gabriel y otros amigos. Pasamos la madrugada allí, conversando, riéndonos y tomando un poco de cerveza. Cuando estaba por amanecer, José y yo nos fuimos rumbo a mi casa. Al llegar a la escalera que llevaba al primer piso nos detuvimos. No me acuerdo bien si pasó algo como que intentó besarme y yo lo detuve, pero no se precisó demasiado para percibir que, no estaba todo bien.
·         ¿Qué pasa? - preguntó José.
·         Nada, que no estoy cómoda con nuestra relación - le contesté con tristeza.
·         Pero, vos me gustás, yo te quiero - me dijo dándome un sobre celeste.
·         Si, pero prefiero que la dejemos por acá - dije algo por el estilo.
Nos despedimos con un chau amargo, lleno de cosas que pudieron haber sido y no fueron. Sentí que estaba cometiendo una injusticia que, más adelante recordaría. Al llegar a casa, abrí el sobre que contenía una tarjeta navideña, con los clásicos saludos "tiernizados" con alguna frase cariñosa hacia mí. Me sentí una porquería, pero no podía haber obrado de otra manera.
Pasaron un par de días, Flavio y yo decidimos vernos. Era un día hermoso de verano. Me bañé. Me vestí con una camisa sedosa bordeaux, me sumergí en una jumper que llegaba encima de mis rodillas, medias, zapatos leñadores nuevos (con los cuales estaba copadísima y pensaba caminar muchos kilómetros de mi vida con ellos). Me peiné recogiendo la parte frontal de mi cabellera. En aquel momento, ni me imaginé que, algo tan simple como peinarse de la forma en que uno desea se pudiese extrañar tanto al no poder hacerlo. Supongo, no supongo estoy segura, que me habré perfumado. Siempre hubo un idilio especial entre los perfumes y yo. Me subí al bidet para mirarme en el espejo, me di el visto bueno y salí. Tomé por Zum Felde y luego seguí mi camino por Calera. Allí unos chicos jugaban con una pelota de tenis. Crucé por donde ellos "peloteaban” y continué caminando. De pronto, la esfera fluorescente llegó cerca de mis pies. Lo hicieran adrede o no, cuando el balón llegó hasta mí me puse nerviosa y molesta.
·         ¡Che! ¿Nos alcanzás la pelota? - me pidieron.
No pensaba agacharme, así que le pegué de taquito y el útil fue a parar directamente donde ellos se encontraban. Me sentí meter un gol en el Centenario.
  •  ¡A Peñarol! ¡A Peñarol! - gritaron los chicos.


Pensé que, sin ningún esfuerzo, había sorteado el escollo convirtiéndome en el ídolo momentáneo de los jugadores. Doblé en Gallinal a la izquierda y llegué a su cruce con Avenida Italia, donde Flavio me esperaba. Nos saludamos y emprendimos juntos el camino hacia la rambla. Mientras caminábamos y conversábamos, se nos cruzaron tres hombres. Me miraron de abajo a arriba o de arriba a abajo y parece que, les gustó lo que vieron.
  •  ¡Que novia que tenés! - dijo uno de ellos dirigiéndose a mi acompañante.
  •  ¿Viste papá? - les respondió Flavio.
Mi rostro se acaloró de vergüenza. La cancha que tenía Flavio era, en aquel momento, indudable para mí. Me convertí en su fanática transitoria. Seguimos viaje. Llegamos a la rambla de "La Honda" y nos sentamos en el muro que separaba la vereda de la arena, mirando hacia el agua. Hablamos de lo bien que la pasábamos juntos, mientras en un crepúsculo multicolor el agua se devoraba a un sol rojizo. Los colores de la tarde eran preciosos, una postal en el horizonte, una fotografía que permanece intacta en mi memoria. Rosas, lilas, naranjas y celestes se debatían por ser cada uno más vívido que otro. Flavio se dio cuenta de mi nerviosismo por la forma en que balanceaba mis pies. Después de un rato volvimos sobre nuestros pasos. Cerca de las canteras, Flavio se detuvo y yo hice lo mismo. Se paró frente a mí.
  •    Me siento bien contigo - dijo algo similar.
  •  Si yo también - aclaré - Pero hace muy poco que terminé con José - continué diciendo lo que mi parte racional me decía, en contraposición a casi todo mi cuerpo que me pedía acercarme a Flavio.
Flavio no encontró válido mi argumento. Además, de mis poros se escapaban las ganas que tenía de estar con él.
  •  Me siento como si fuera la primera vez que le pido a alguien que sea mi novia - dijo él y me comencé a derretir.
  •  ¿Te puedo besar? - me preguntó exquisitamente y ahí me derretí por completo. Nadie antes había osado ser tan caballero y en lugar de robármelo, preguntar si le cedía un beso.
Si hubo respuesta hablada o no es lo de menos, mi aprobación la dio el beso que nos juntó. Aquel beso fue espectacular, súper agradable, terminó de disipar las dudas de que nuestra historia, juntos, podría funcionar bien. El cielo salpicado de estrellas fue cómplice de nuestros sentidos alertados y agradecidos por haber juntado nuestros cuerpos en un maravilloso ósculo. Luego, seguimos caminando, tomados de la mano, hacia casa. Así me enteré de que, en el cumpleaños de Tania él se murió de ganas de invitarme a bailar pero no se atrevió, y yo me había desilusionado en vano. Al llegar a la escalera, que separaba mi casa de la superficie terrestre, improvisamos un fragmento, a la nuestra, de "Romeo y Julieta". Nos divertimos un rato y nos despedimos.
Los días previos al año nuevo fueron muy disfrutables. Uno de esos días, Flavio me pasó a buscar. Yo terminaba de ducharme y ya estaba vestida cuando escuché que llamaban a la puerta. Abrí la puerta descalza y con una toalla que envolvía mi pelo.
·         Hola, pasá - le dije a Flavio.
·        ¿Estás sola? - me preguntó.
·         Si - dije.
·         Bueno, te espero en la escalera - dijo él.
Cerré la puerta, quedándome con las ganas de que entrara. Pero, pensándolo fríamente y no con la euforia del momento, fue una decisión muy atinada y madura de su parte. Terminé de arreglarme y salí. Flavio me esperaba sentado en la escalera. Aquella imagen de él, sentado con los brazos cruzados sobre las rodillas y mirando el piso, me pareció muy tierna. Imagen que hoy en 2013, me hace evocar el estribillo de la canción "Puedes contar conmigo" de "La Oreja de Van Gogh": "… la vida pasaba y yo sentía que me iba a morir de amor, al verte esperando en mi portal, sentado en el suelo sin pensar que puedes contar conmigo." Al percatarse de mi presencia, se levantó y bajamos rumbo al Parque Rivera. Llegamos al parque, recorrimos unos cuantos metros y frente al lago divisamos un tronco caído que nos serviría de asiento. Hacia él nos dirigimos y nos sentamos frente a frente. Nuestra conversación se mezclaba con sabrosos besos. Él miraba mi boca, yo miraba sus ojos. Flavio me ayudó a pararme sobre el amigable tronco y me preocupé en pensar que mis piernas estuviesen bien depiladas.
·         Sabés, sos la única con la que no he pensado en irme a la cama a los dos días de conocerte - me sorprendió con el comentario.
Después de aquella afirmación, cierta o no, no supe qué acotar. Nunca antes habíamos tocado el tema "sexo" con los chicos con los que había salido. Es más, la idea de tener relaciones sexuales, en aquel momento, ni se me cruzaba por la mente. El comentario no me incomodó, es más me sentí halagada, debía yo poseer alguna que otra virtud que lo entretuviera y lo alejó de fijar su mente sólo en el coito. El tema quedó en eso, un comentario seguido de un pequeño silencio observando el lago. Actualmente, especulo con lo podría haberse dado si, nuestras vidas no hubieran seguido el curso que siguieron, pero nada más que eso, una inútil especulación que no ayuda en nada. Después de tanto agrado recíproco, de tanto cariño compartido, de tantos sentimientos entremezclados y disfrutados, volvimos hacia mi casa. Nos despedimos de aquella preciosa tarde. Hoy me doy cuenta que, ni se le ocurrió hacer el amor conmigo dada mi edad, yo era una nena a su lado.
Todo seguía marchando viento en popa entre Flavio y yo. El viento era casi demasiado. Me invitó a su casa, una noche alrededor del 6 de enero. La noche previa al día de reyes, siempre tuvo un significado especial en casa. Yo pasaba una madrugada de puro nerviosismo, de no poder dormirme como hasta las cuatro de la mañana cuando caía vencida por el sueño. Mi alteración correspondía a la gran emoción que nacía en mí, al comenzar a imaginar lo que "los monarcas de a camello" tendrían para regalarme. Nunca faltó un regalo, o varios, para cada uno en casa la mañana de ese peculiar día. Esto me hace recordar una sección del libro "Mi planta de naranja-lima", cuando al pequeño Zezé nada dejaban los soberanos en sus zapatos. Las emociones se adicionaban, se cruzaban y jugueteaban conmigo. En fin, acepté ir a casa de Flavio. Él me pasó a buscar, tomamos un taxi que nos condujo a su casa. Al entrar, mis nervios comenzaron a amontonarse en mi estómago. Algunos primos y los padres de Flavio me fueron presentados. Tania también estaba. Nos sentamos a la mesa. De comer ni hablemos ya que, el nerviosismo me hubiera impedido deglutir. Mis piernas temblaban debajo de la larga mesa. Antes de llegar la medianoche, salimos a dar una vuelta por el barrio; a pocos metros de su casa, se desplegaba un barrio de preciosas residencias e hice un comentario acerca de la particular belleza del lugar.
- A esta parte le decimos "Carrasquito" - me comunicó Flavio.
Entre paso y paso que caminábamos, Flavio me invitó a ir a bailar y me preguntó a qué lugar me gustaría ir. Así mi intranquilidad se incrementó. La idea que yo me había hecho para esa noche estaba muy lejos de lo que implicaba salir a bailar. No quise sugerir lugar porque, no conocía demasiado de aquel asunto y sabía que, me encontraba frente a un maestro en el tema. De alguna manera le di la vuelta para que, la propuesta fuera cambiada por quedarnos en su casa y de esa forma evitar exponer mi inexperiencia delante de un erudito. Para mi tranquilidad, volvimos a su morada. Al regresar, encontramos la casa en total silencio, sus padres se habían acostado y los demás habrían salido. Fue lo mejor que pudo haber pasado. Fuimos al living y allí pasamos la noche, bailando entre besos, abrazos y las cosas más dulces que pudimos decirnos. Casi llegado el amanecer, retorné a mi casa colgada de una nube.
Por aquellos días, vinieron de visita un primo de papá y su novia. Ellos vivían en Buenos Aires. Cada vez que la vida nos juntó con Alejandro y Gustavo, los primos de papá, pasamos momentos enormemente divertidos, de esos en los que uno se ríe hasta doler. En casa estábamos alegres de tener la oportunidad de reunirnos nuevamente con uno de aquellos divertidos chicos. Durante la reunión, surgió el interés de Alejandro por pasar unos días cerca de la playa y para eso… ¿Qué mejor lugar que San Luis? Papá les ofreció nuestra casa en aquel balneario y ellos aceptaron encantados. Encantada quedé yo cuando, nos invitaron, a mi hermana y a mí, a que nos uniéramos a sus cortas vacaciones. Siempre que tenía la oportunidad de irme para la casa de San Luis, yo no dudaba en aprovecharla. Y por suerte, por desgracia, porque así debía ser, no sé, combinamos irnos de veraneo.
Volvimos a citarnos con Flavio. Fuimos a la playa de los Ingleses. Nos sentamos en un frío banco de hormigón, que más frío parecía ya que, aquella tarde difería mucho del colorido crepúsculo que fue prólogo de nuestro primer beso. Nos cubría un cielo plomizo que amenazaba con verter algunas gotas. El agua de la playa ondeaba nerviosamente. Algunas gaviotas sobrevolaban el lugar. En cada abrazo de Flavio yo sentía una seguridad que me inyectaba paz. Pegada a él, pudo oler mi perfume.
·         Que rico perfume – alabó la fragancia.
·         ¿Te gusta? Es “Paloma Picasso”, me lo regalaron para mis quince – le acoté.
·         Me encanta – dijo y ahí me dejé envolver y lo envolví en mi fantástico mundo de idilio perfumado, un tanto real y otro tanto producto de mi imaginación. Y volé, creyéndome que lo fascinó aquel aroma de caja roja, envase circular y con nombre de la diseñadora hija del excéntrico pintor malagueño.
Le comuniqué que en unos días me iba para San Luis. Acordamos que, cada noche despejada, buscaríamos en el cielo la estrella más brillante que, nos haría pensar el uno en el otro. La idea fue suya y me pareció muy dulce. Volvimos abrazados. Al despedirnos le prometí llamarlo a mi regreso.
  • Ni te vas a acordar de mí cuando vuelvas - me dijo Flavio.
Mi promesa seguía en pie. Él tomó su camino y yo volví a casa.

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