Mientras mi vida seguía transcurriendo en
San Pablo, con ella yo seguía comiendo, encontrando un placer en esa actividad
que me colmaba por entero. No advertía que con aquel vicio me estaba
convirtiendo en un globo aerostático que se inflaba y se acercaba peligrosamente
a la explosión. No lo advertí yo ni tampoco el equipo multidisciplinario que se
hacía cargo de mi caso se percató de aconsejarme respecto al tema. Me alejaba,
sin percibirlo, de la figura esbelta y grácil que me acompañara en mis quince
años.
Mi rehabilitación marchaba viento en popa.
Cada vez escribía y dibujaba mejor, aún haciéndolo con mi mano izquierda.
Continuaba hilando pulseras, sorprendiendo a quienes me observaban llevar a
cabo esa difícil tarea. Comía, me cepillaba los dientes, escribía a máquina,
todo ello sin asistencia, por mis propios medios. Soportaba, sin problemas,
permanecer de pie una hora por día. Le tocaba el turno a probar manejar la
silla de ruedas por mí misma. Para ello existían sillas que contaban con
pequeñas adaptaciones en los aros de las ruedas, adaptaciones a las que se le
daba el nombre de "pinos". Los pinos permitían a las personas con
limitada movilidad en las manos ejercer fuerza en ellos y así propulsar la
silla.
Además de los pinos, el hecho de que las
mencionadas sillas estaban realizadas, en su mayor parte, de aluminio, las
hacía livianas y adecuadas para que los cuadriplégicos las movieran. Así fue
que personas de la empresa encargada de comercializar esos productos, se
pusieron en contacto con nosotros y nos reunimos para tomarme las medidas para
construir la silla. Estaría interesante eso de trasladarse por uno mismo al
menos en las superficies planas.
El día de estrenar mi nueva silla arribó.
Era un artefacto mucho más pequeño que el que usara antes, de un lindo color
bordeaux. Al ser más pequeña, me daba sensación de inseguridad, sentía que de
un momento para otro terminaría de boca en el suelo. Sería cuestión de
acostumbrarse a la nueva compañía. Con la práctica y dejando el temor a un
lado, me hice muy amiga de mi radiante silla y así accedía sin ayuda a los
lugares que me apetecieran dentro de lo que la infraestructura me permitía.
Cada vez más disfrutaba de los momentos de independencia física que mi
rehabilitación me iba brindando.
Dieva, me encanta leerte.
ResponderEliminar¡Ojalá sigas compartiéndonos tu historia de vida!
Saludos.
Muchas gracias! Ya sale un nuevo capítulo. Saludos.
EliminarEs re lindo cómo vas valorando cada avance. Eso es lo que nos hace seguir adelante.
ResponderEliminar¡Muchas gracias María! Me encanta tenerte entre los seguidores de este humilde blog.
ResponderEliminarBeso de LM a LM, je...