Nuevas
personas lesionadas seguían entrando en mi vida. Eso me permitía
abrir mi mente, intercambiar experiencias, aprender de ellos,
enriquecerme con su compañía. Las causas de las lesiones eran muy
variadas. Sandro era un chico de mi edad que había recibido una
herida de bala en su columna dorsal, lo cual lo afectó con un una
paraplegia. Sirlene una linda brasilera de ojos grises y longa
cabellera negra, lesión muy baja, lo cual le permitía mucha
movilidad y junto con ello una independencia envidiable. Tanto con
Sandro como con Sirlene cimentamos una amistad que terminó en una
linda edificación. Cuando mi estadía en la AACD estaba concluyendo,
ingresó una señora bien delgada y alta, tendría unos treinta y
ocho años. Su aspecto, más que solamente contar con una lesión de
médula espinal, daba la impresión de sufrir otras patologías, muy
pálida, mirada melancólica, debilidad a la hora de permanecer
sentada, voz prácticamente inaudible. Esta mujer había sido víctima
de un accidente de tránsito, que le "regaló" una lesión
más alta que la mía y con más complicaciones. Era casada, tenía
un hijo pequeño que la visitaba junto con su esposo. Pero la
tristeza no se borraba de su rostro. Lo poco que llegué a conocerla,
me alcanzó para darme cuenta de que se trataba de una persona buena
y limpia de espíritu. Antes de que yo volviera a mi país, me
obsequió una estatuilla en cerámica de Nossa Senhora da Rosa
Mística. Llegué a la conclusión de que lo que me había pasado no
era lo peor del mundo ni mucho menos.
Un
dato no menor, fue que a través del Consulado Uruguayo en Brasil,
pude costear la silla nueva, una cómoda silla de baño y un stand,
que se vendrían conmigo para Uruguay. Hasta el día de hoy agradezco
toda la solidaridad que recibimos de gente que mucho nos conocía
antes de mi accidente y de aquellos que nunca habían escuchado tan
siquiera mi nombre pero que a conciencia colaboraron con mi
rehabilitación.
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