8/1/16

CAPÍTULO III. LA SEMANA DE ENERO DEL '90.


Los preparativos para irnos a San Luis comenzaron. Mi hermana y yo preparamos los bolsos. Mi mochila con ropa estaba casi por reventar. Siempre hacía lo mismo, llenaba mi bolso con ropa de todo tipo, perfume, hasta un alhajero, como si unos pocos días justificaran tanto apronte. Tendríamos que cargar también con un bolsón celeste que, contenía víveres y otras yerbas. Mi radiograbador se unió a los bultos. Con todo aquel equipaje, partimos. Primer destino, la parada de ómnibus barrial donde abordaríamos el 112, coche con fama de demorar más de lo acostumbrado según sus usuarios. Ahora que me viene a la memoria, tiene su encanto el esperar, subir y viajar en un ómnibus capitalino, el tema es que cuando el acto se convierte en rutina, le sumamos el estrés, adicionamos la creciente ineptitud de algunos conductores, entonces la experiencia comienza a perder su brillo. Paso seguido, bajar en 18 de julio, caminar por alguna calle que cruzara nuestra principal avenida y nos condujera a la calle Uruguay. Caminamos las cuadras que separaban 18 de Uruguay, con nuestras cacharpas a cuestas. Indara se quejaba de tener que caminar tanto y con tanto peso. Finalmente, llegamos al lugar desde donde partían los Copsa hacia el Este, y allí nos encontramos con Valeria, Alejandro y César. Subimos al vehículo, acomodamos los bolsos y nos pusimos cómodos para emprender viaje.
La vieja y querida Avenida Italia, cruzar el límite departamental Montevideo-Canelones, seguir por Giannatassio y los ya conocidos paisajes a ambos lados de la ruta. Lo que más alertaba mis sentidos era atravesar el puente sobre el arroyito "El Bagre" que, avisaba la llegada al adorado balneario. Ahí yo comenzaba a buscar cambios en el entorno y, a fijarme en las cosas que permanecían incambiadas. El ómnibus tomó Simón Bolívar y antes de llegar a la calle Libertad, donde se ubicaba nuestra casa, nos levantamos para descender y dar por finalizado el viaje de una hora y media.



Comenzamos a disfrutar de unos días espléndidos. Días de playa, comidas compartidas, noches con música que acompañaba hasta que el sueño nos tomaba en sus brazos.

Una noche decidimos intentar dormir en la playa, nos llevamos unas toallas y rumbeamos hacia el sur. Caminamos unos metros y armamos campamento. Estiramos las toallas sobre la arena y nos acostamos. Mi hermana, César y Valeria ocuparon los lugares centrales, a Alejandro y a mí nos tocó a cada uno un extremo. La temperatura en la playa era muy distinta a la que sentimos en el jardín de casa, la cual se percibía tibia. Pasaron unos pocos minutos y el coraje que nos había impulsado a pasar la noche en la arena se fue desvaneciendo, a consecuencia del frío que, en mi caso, lo sentí en lo profundo de mi cuerpo. Levantamos el sencillo campamento y emprendimos la retirada.
Las noches devenían estrelladas, durante una de ellas me dirigí al portón que separaba mi casa de la calle de balastro y allí me dediqué a buscar la brillante estrella de la cual nos apropiamos parcialmente Flavio y yo. La encontré y en él pensé. Pensé que me gustaría que estuviera conmigo en San Luis abrazándome.
Para el fin de semana se sumaron mis padres, la ley se hizo presente, la libertad se vería un poco seccionada. Recuerdo estar todos sentados a la mesa redonda a mediodía, conversábamos y yo meché un comentario, con el cual arranqué de la boca de mi padre un "No seas atrevida", y yo me atrevía más. Durante toda mi vida mi atrevimiento siempre rebasó los límites establecidos por mis padres. No importó, yo seguía disfrutando plenamente de aquel verano recién nacido.
Cerca de casa habían llegado Gerardo y Mónica, unos hermanos que yo había conocido el verano anterior y con los cuales nos habíamos convertido en compañeros de salidas en el balneario. Al encontrarnos con ellos intercambiamos saludos, un pequeño resumen de lo que había pasado durante el año y me invitaron a unirme a ellos el sábado de noche para ir a bailar a "El Timón". Yo me fasciné con la idea. Di por confirmado el permiso de mis padres y aseveré mi concurrencia a mis vecinos.
Durante todo el sábado, en mi cabeza rondaban imágenes de "El Timón", con gente bailando y luces coloridas e intermitentes que, ayudaban a no reconocer claramente a los concurrentes. Pero la idea más tentadora que se adueñaba de mis pensamientos, era la de volver a encontrarme con un chico que había conocido el pasado año y del cual todavía no me había olvidado. No tenía muy claro como reaccionaría yo si me encontraba nuevamente con Ricardo. Sí tenía muy claro que, quería toparme con él. Mi fantasía era que él me divisara y notara los cambios, para mí evidentes, producidos en mí, desde el verano anterior. Lo que más me inquietaba era que yo pudiera actuar indiferente ante aquel rubio. Puro juego de mi imaginación que, se divirtió casi todo el sábado fantaseando.
La noche sabatina caía magníficamente sobre las casas de la Costa de Oro. Me empecé a arreglar con miras a mi salida. Minifalda de jean, medias de hilo color caqui, zapatos leñadores y remera también caqui. Remera que, más adelante se convertiría en un símbolo de nuestra relación con Flavio. Me peiné con dos trenzas que caían, considerablemente largas, a ambos lados de mi rostro, dada la extensión de mi pelo. Mi cara enrojecida por el sol, me parecía fascinante. Así como había cosas de mí que me gustaban, había otras de las que me vivía quejando. No sé para qué miércoles me quejaba conmigo misma, si las cosas podían haber estado peor de lo que estaban. Bueno, en la mayoría de los seres humanos está presente esa condición de insatisfacción permanente. Me parecía que mi cola no era lo suficientemente grande, tampoco mis senos, pero todo era cuestión de mí naturaleza corpórea, de mi edad y de etapas que todavía no había experimentado. Aquel 13 de enero, estuve conforme con mi apariencia. Salí del cuarto de mis padres a pedir la autorización que estaba segura me iban a dar. Pero… ¡Zas! Un baldazo de agua fría me cayó encima al escuchar la negativa que ambos me regalaron. No lo consideré un no rotundo, así que insistí para que me dejaran salir. Otro no obtuve por respuesta. Llorando pregunté la razón de la negación y me argumentaron que no tenían dinero. No estoy del todo segura que la razón fuera esa. Se trataba de dos mil pesos, es decir dos billetes de aquellos violeta viejos. Seguí llorando, rogando que me dejaran ir cuando, en el portón sonaron unos golpes de palmas. Sabía que se trataba de Gerardo y de Mónica que me venían a buscar. Sequé mis lágrimas y con toda la bronca salí para decirles que no me dejaban ir. No les dije que era por problemas monetarios porque, me dio vergüenza. Volví a entrar para quedarme vestida y sin la fiesta. Eran más de las doce de la noche y en la casa no había nadie en la vuelta. Entré al cuarto grande, abrí el cajón de la mesa de luz y saqué un cigarrillo que, en una oportunidad le robé a mi madre. Anteriormente, sólo una vez había probado fumarme un cilindro tóxico y la experiencia fue desagradable, antes de terminarlo me mareé y lo tiré en el inodoro. En fin, prendí el cigarrillo, me senté al lado de la mesa redonda del comedor y, de bronca, comencé a absorber aquel humo perjudicial. Apareció mi hermana y me miró asombrada.
  •  ¿Qué estás haciendo? - me preguntó Indara extrañada por mi comportamiento.
  • Nada. ¿Qué te importa? - le contesté ácidamente.

Indara me amenazó con contarle a mis padres, pero no me importó, ya que mi objetivo era molestarlos a ellos, llamar su atención. Mucho ruido y pocas nueces. Mis padres ni se enteraron y yo al poco rato me fui a acostar. Mis ansias de encontrar a Ricardo fueron frustradas. Me hundí en el sueño.



El día siguiente resultó un domingo hermoso. Antes de mediodía, bajamos a la playa y nos dirigimos hacia el oeste, para la zona donde se encontraba "El Timón". La playa estaba llena de gente y entre ellos nos cruzamos con Mónica y Gerardo. Nos saludamos, intercambiamos algunas palabras y algún comentario sobre como les había ido la noche anterior. Enseguida me di un sabroso baño de agua salada. Volvimos a la casa, y ya entrada la tarde pedí permiso para ir al centro a la central de Antel. Me dieron el permiso y salí. Llegué a la central, le dije el número telefónico a la operadora, entré a la cabina, levanté el tubo del teléfono y esperé a que alguien contestara del otro lado.

  • Hola. ¿Está Flavio? Habla Dieva - le dije a quien atendió.
  • ¡Dievi! - me dijo Flavio sorprendido.
  • ¿Cómo estás? - le pregunté.
  • Bien. ¡Que sorpresa! Pensé que no me ibas a llamar - me contestó.
  • Te lo había prometido - le aseveré.
  • Si, pero no me hice ilusiones - me dijo.
Nos contamos algunas cosas. Me encantó la dulzura en sus palabras, me hizo sentir muy especial, muy apreciada por él. Le dije que esa misma tarde estaría partiendo para Montevideo, así que al otro día nos veríamos. Partiría esa tarde porque, mis padres no permitieron que me quedara una semana más junto con Alejandro y Valeria; yo refunfuñé bastante ante aquel dictamen, ya que no le encontré fundamento. En conclusión, lo convenido era que en uno de los ómnibus de la tardecita saldríamos hacia la capital.



El tiempo se acortó demasiado. Las agujas del reloj se pararon en la hora que no era.

2 comentarios:

  1. Anónimo8/1/16

    Dios! esta sensación de que tengo que esperar hasta el viernes esta buenísima!!! Nunca había leído un blog así... Es increíble lo que siento, como las series de la tv pero mucho mejor.... espero el próximo.
    Gracias Dieva!

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    1. Gracias a ti por leerme y por tan agradable comentario!!!

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