25/9/18

CAPÍTULO LII. “NEVADO Y FRÍO USA”.



Mi viaje a USA era ya un hecho. En marzo de 1993 otra vez partiría al exterior. Aquel viaje estaba rodeado de una total expectativa de mi parte. Así fue que en un cálido marzo montevideano, partimos desde Carrasco hacia el norte. A las pocas horas descendimos en Guarulhos, el aeropuerto de San Pablo. El idioma de Brasil me sedujo, me trajo bonitos recuerdos. Me tuve que transferir a una silla que no era la mía. Fue bastante incómoda la situación, pero duró lo que un suspiro. El viaje parecía no tener fin. La próxima escala fue Miami. Allí hubo que hacer uso de otro idioma, el inglés. La cosa se complicaba. Uno puede creer que sabe un idioma, pero no se comprueba hasta que debe hacer real uso de él. Mi esquema se deshizo, me costaba mucho entender lo que trataban de comunicarme, me hallaba en una encrucijada. Descendimos en el O´hare Airport. El lugar era inmenso, cero pista de hacia dónde dirigirse. No recuerdo cómo hicimos para dar con la persona que nos esperaba allí. Se llamaba Santiago, era uruguayo, joven de unos treinta años, muy simpático. Era sobrino de nuestro contacto allí. Abordamos una camioneta y partimos rumbo al hospital. Llegamos a un lugar hermoso, un amplio parque rodeaba el edificio. Ingresamos y nos registramos. Luego pasamos a un consultorio, ahí me ayudaron a traspasarme a una camilla. Enseguida entró un doctor. Al verlo me deleité. Un hombre super joven, de cabello oscuro, blanco de piel, amable. Observarlo era una delicia. Ben Stamos era su nombre. Comenzó a interrogarme. Santiago se encontraba con nosotros, no sé por qué él me inspiraba confianza. Cuando Stamos llegó al tema de mi sensibilidad, me dirigí sin tapujos a Santiago.
- A ver, tocame – expresé.
Santiago se acercó y tocó mis brazos, con su ayuda pude comunicarle al lindo doctor lo que me inquiría. Recuerdo sentir mucho frío. Cuando terminó el cuestionario, volví a mi silla y de allí nos dirigimos a una habitación. Nos recibió una enfermera joven, de tez morena clara. Yo temblaba de frío y moría de sueño. Me traspasé a la cama. Ahí comí algo y enseguida me dispuse a descansar. Desperté a la noche y nuevamente me trajeron algo para comer. El lugar era confortable, el personal también así lo parecía.
A la mañana siguiente, desperté y al mirar hacia afuera divisé las superficies cubiertas por blancas capas de nieve. Me dio la sensación de estar inmersa en una película.
Mi padre se hospedó en una habitación dentro del mismo hospital en un área que estaba destinada a la permanencia de acompañantes. Eso me brindaba una seguridad adicional.
Conocí a quienes me ayudarían en esta nueva etapa de rehabilitación: Sharon, una chica de unos treinta y algo de años, delgada, alta, ojos verdes y una simpatía compradora; la otra persona era Lisa, una rubia de cabello enrulado, ojos celestes, súper bonita y con una fuerza impresionante. Me sentí muy cómoda en el gimnasio y con aquellas dos asistentes.
De a poco fui acostumbrando mi oído al inglés. A los pocos días ya me atrevía a hablar cómodamente el idioma que tanto me gustaba.
Me levantaba temprano, me aseaba, desayunaba y partía hacia el gimnasio. Allí una de las primeras cosas que entrené fue la transferencia desde la silla hacia una cama. Mi padre me ayudaría con ese ejercicio. Práctica para la cual se requería mucha más maña que fuerza. Usábamos una tabla deslizante, yo inclinaba mi torso hacia adelante y mi padre me proporcionaba la asistencia para el traslado. Una vez en la cama, realizábamos ejercicios para intentar sentarme y acostarme con la fuerza de mis brazos, también para lograr virar mi cuerpo. Luego hacía uso de un aparato con pesas para trabajar mis brazos.

El almuerzo lo efectuábamos en un amplio comedor espléndidamente iluminado. Yo contemplaba a través de las ventanas el gris panorama. Pasaron varios días sin que las nubes dejaran asomar al sol. El panorama era pleno de tristeza.
Uno de los planes propuestos fue que tendría que bajar de peso. Yo me hacía cargo de limitar las calorías consumidas. Todos los lunes controlaba cómo iba mi tratamiento, y con gusto comprobaba que el objetivo se lograba.

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